En política hay amistades sinceras, alianzas tácticas y, por supuesto, esas sociedades que no nacen del afecto ni de la convicción, sino de algo mucho más terrenal: el hambre y las ganas de comer.
Eso es lo que se empieza a oler en la región de Valparaíso con la curiosa aproximación entre Millones y Varitas. Una dupla que hasta ayer parecía fabricada para el desencuentro y que hoy empieza a parecer diseñada para la conveniencia. Porque hay relaciones que nacen de la admiración mutua, y otras que simplemente nacen del cálculo. Y cuando el cálculo se vuelve demasiado evidente, la política deja de parecer servicio público y empieza a parecer mesa de negocios.
Millones llegó a la Delegación no precisamente sobre una ola de victorias. Llegó después de perder. Antes había perdido la Gobernación y luego perdió una diputación en condiciones que, para cualquier candidato medianamente competitivo, eran inmejorables. En términos simples: le pasaron un Ferrari electoral y lo chocó. Aun así, la política chilena tiene esa extraña vocación por premiar los fracasos con segundas oportunidades. Y así, el hombre que no logró convertir votos en triunfo terminó convertido en Delegado.
El problema vino después. Porque, una vez instalado, Millones pareció entender el cargo no como una responsabilidad institucional, sino como una mezcla de vitrina personal, central telefónica y oficina de repartición de influencias. Cuestionado por anuncios comunicacionalmente torpes, por abrir flancos innecesarios al propio gobierno y por esa ansiedad de aparecer en todo, ha transmitido una idea peligrosa y es que, más que representar al Ejecutivo, quiere administrarlo como si fuera patrimonio propio.
Y en ese cuadro aparece Varitas.
Exconcejal, viejo sobreviviente del ecosistema viñamarino, hombre de pasillos largos, sobremesas útiles y vínculos cultivados con la paciencia del que sabe que en política no siempre conviene figurar: a veces basta con operar. Varitas entendió hace años que el poder no siempre está en el cargo, sino en la cercanía con quien firma, con quien decide, con quien publica y con quien llama. Fue hombre del círculo de la tía Coty y niño símbolo de una forma de hacer política donde el poder se ejercía entre la solemnidad del municipio y la informalidad de las confianzas.
Por eso la pregunta no es quién es Varitas. La pregunta es qué hace hoy tan cerca de Millones. Porque no deja de ser notable que quienes ayer estaban en veredas opuestas hoy compartan una misma mesa. Varas fue jefe de campaña de la candidata que compitió contra Millones en la carrera por la Gobernación. En ese tiempo no eran socios, eran adversarios. Y, sin embargo, ahora la distancia se acorta. Qué ternura. Casi una historia de reconciliación, si no fuera porque en política regional las reconciliaciones suelen tener menos de romance que de negocio.
Aquí no parece haber una amistad recuperada, sino una “Operación Consentida”, articulada desde algún rinconcito. Una aproximación donde cada uno ve en el otro algo útil. Millones, necesitado de redes, puentes y megáfonos amistosos. Varitas, necesitado de volver al circuito donde se reparte influencia, se sugieren nombres y se conversa de cargos con naturalidad casi doméstica. Uno pone el escritorio. El otro pone la muñeca. Uno aparenta poder firmar. El otro susurra, conecta y tantea. El viejo reparto del trabajo.
Y como en toda buena fábula de poder local, aparece también el factor prensa. O, mejor dicho, “el Decadente”. Ese espacio donde a veces no se informa tanto como se administra el clima, donde la línea editorial parece menos una convicción que una extensión del asado correcto con la persona indicada. A estas alturas, cuesta no pensar que algunas plumas salen menos de la sala de redacción que de algún quincho conconino.
Y ahí es donde Varitas vuelve a hacer honor a su apodo. Porque siempre entendió que en política regional no hace falta mover montañas; basta con mover personas, llamadas, versiones, voluntades, y si quieres llegar a integrar algún directorio, de esos con olor a mar e historias de puerto. De ahí el refrán, adaptado a la comarca: con la Vara que mides, serás medido. Y también este otro, más apropiado para la escena: no mires la paja en el ojo ajeno si no ves la Vara que tienes en el propio.
Lo inquietante no es solo el acercamiento, lo inquietante es su sentido. Porque cuando un operador de vieja escuela se acerca con tanto interés a un delegado que gusta de exhibir control sobre nombramientos, equilibrios y espacios de poder, la sospecha política no nace del prejuicio, sino de la experiencia. En regiones como Valparaíso, nadie se acerca tanto por deporte. Nadie almuerza tanto por nostalgia. Nadie llama tanto solo por cortesía.
En el fondo, Millones parece haber encontrado su Harry Potter de bolsillo, con su Varita propia. Y Varitas, por fin, encontró a sus Millones.
Valparaíso no necesita una “Operación Consentida”. Necesita autoridad, seriedad y pudor. Pudor para entender que el Estado no es un botín. Pudor para comprender que la prensa no puede operar como salón de maniobras. Pudor para aceptar que no todo lo que se puede conversar se debe negociar.
Porque cuando Varitas empieza a moverse alrededor de Millones, no estamos ante una coincidencia amable. Estamos ante una señal. Y en política, las señales importan. Sobre todo cuando anuncian que, detrás de la retórica pública, vuelve a organizarse ese club de siempre donde unos ponen la firma, otros ponen la influencia y todos terminan comiendo del mismo plato.