Hay noticias que sorprenden, otras que molestan y algunas que entristecen. Están las que dan risa, las que provocan vergüenza ajena, las que generan curiosidad y otras que traen alegrías. Sin embargo, hay unas que, simplemente, no se entienden más que como una performance; un sketch diseñado para distraer o, en el caso que convoca a esta editorial, para lavarse las manos cuando hay problemas a costa del compañero de banco, o bien, para despejar el propio camino hacia 2028. Si así fuera, ninguna de estas opciones es lo que esperamos los ciudadanos de la región de Valparaíso.
Lo ocurrido con los despidos en el Programa de Empleo en Valparaíso y Viña del Mar es complejo, sobre todo porque el desempleo es una herida regional que parece no querer cicatrizar. El gobernador Rodrigo Mundaca critica que el desescalamiento del financiamiento del programa afecte a unas comunas y no a otras, acusando un “sesgo y tufillo a algo ideológico” y pidiendo, por enésima vez, la cabeza del delegado presidencial regional, Manuel Millones, a quien acusa —junto a la alcaldesa de Valparaíso, Camila Nieto— de esconderse y no dar la cara.
Más allá de si tiene o no razón, lo lamentable es la polémica posterior que se suscita, la cual vuelve a dejar en evidencia un problema que se ha vuelto demasiado frecuente en la zona: la permanente confrontación entre el gobernador y el delegado. No es la primera, la segunda ni la tercera vez que ambas figuras políticas clave se enfrentan a través de la prensa.
A veces parte uno, otras veces responde el otro. Pero el problema de fondo no es quién comienza o quién contesta, porque mientras ambos intercambian responsabilidades en los medios de comunicación, quienes terminan pagando las consecuencias son decenas de trabajadores y sus familias, que esperan soluciones concretas y no una nueva disputa política.
Y si bien es cierto que en esta ocasión Millones aún no ha salido a responderle a Mundaca, a estas alturas ya prácticamente da lo mismo, pues parece una pasada de cuenta retroactiva. Hace poco más de un mes, el delegado tildaba de “niñerías” los dichos del gobernador y aseguraba que a este “le sobra tiempo”, luego de que la máxima autoridad regional, a su vez, lo catalogara como un “mecenas sin dinero”. La constante pelea mediática entre ambos parece un show orquestado para sacarse las culpas, hundir al otro por puro ego o posicionarse de cara a la próxima elección.
Resulta lamentable la descalificación y la constante disputa entre nuestras dos máximas autoridades cuando, en vez de estar peleando, deberían estar trabajando en conjunto para bajar la cesantía, mejorar la seguridad, facilitar la reconstrucción y aliviar las listas de espera, que en nuestra zona no tienen nada que envidiarle a las de la capital. Empero, lo que termina ocurriendo entre ambos son pataletas al más puro estilo de Bugs Bunny y el Pato Lucas, Bob Esponja y Calamardo, Beavis y Butt-Head (para los que veíamos MTV) y, para los más nostálgicos —y a propósito de la serie de Netflix sobre Chespirito—, a Quico y el Chavo.
Hay capítulos de El Chavo del Ocho en que ambos protagonistas pasan de jugar como dos amigos del mismo barrio a estar varios minutos peleando por una torta de jamón, por una pelota, por una paleta o por lo que sea, convencidos de que ganar la discusión es más importante que el motivo que la originó. Lo tragicómico es que, en la realidad de nuestra querida región, Mundaca y Millones se lanzan recriminaciones con la misma fuerza y lógica infantil de la histórica vecindad mexicana: uno acusa, el otro responde, ambos buscan tener la última palabra y ninguno quiere cargar con la culpa si algo sale mal. Uno quiere lo que el otro tiene y viceversa. El Chavo quiere la paleta de Quico, y Quico quiere la torta que le regalaron al Chavo… La pregunta es: ¿cuál es cuál?
Con una tasa de desocupación regional del 10,2% y 104 mil cesantes —que posicionan a la región de Valparaíso como la peor del país en esta materia—, este era precisamente el momento en que el diálogo, la planificación conjunta y la búsqueda de acuerdos habrían evitado un nuevo problema relacionado con el empleo. La región enfrenta desafíos demasiado importantes como para seguir normalizando una relación institucional marcada por las recriminaciones públicas.
La gente no quiere ver al Chavo y al Quico en la vida real, ni mucho menos en YouTube; quiere ver respuestas y resultados. Quiere ver, en definitiva, que sus autoridades —por las que, al menos en un caso, votaron llevándolo a ser primera mayoría nacional— hagan la pega, dejen de lado el ego y el orgullo, y trabajen por y para ellos, sin cálculos políticos ni proyecciones hacia 2028. ¿Tendremos que llamar a algún adulto responsable para que los guíe por la senda correcta? ¿Quién podría ser esa figura que logre hacerlos trabajar juntos? Dejamos abierto el debate.