La llegada de cruceros a nuestras costas no puede seguir siendo apenas una fotografía de temporada, una ceremonia de bienvenida o una cifra que se celebra para luego olvidarse. Valparaíso y San Antonio tienen ante sí una oportunidad económica concreta: convertirse en una puerta de entrada al turismo internacional y hacer que esta actividad beneficie realmente a sus habitantes.
Los antecedentes son alentadores. Según informó PortalPortuario, Valparaíso proyecta 30 recaladas para la temporada 2026-2027, un 25% más que en el ciclo anterior. Nueve de esas visitas consideran al menos una noche de permanencia: una posibilidad valiosa para hoteles, restaurantes, transportistas, guías y pequeños comerciantes. San Antonio, por su parte, ha demostrado su capacidad para recibir operaciones de embarque y desembarque de grandes naves, como ocurrió con el Oosterdam en la temporada pasada.
Sin embargo, sería un error mirar estos números como una competencia entre puertos vecinos. Valparaíso y San Antonio deben entenderse como dos piezas de una misma estrategia regional. Sus diferencias pueden ser fortalezas: infraestructura portuaria, conectividad, patrimonio, gastronomía, viñas y circuitos turísticos capaces de extender la visita hacia Viña del Mar, Casablanca, el litoral central y otras comunas.
La pregunta relevante no es solamente cuántos cruceros llegan, sino cuánto dinero queda en la región, cuántos empleos se generan y cuántos pasajeros deciden regresar. Si los visitantes desembarcan, suben a un bus y abandonan rápidamente nuestras ciudades, estaremos capturando apenas una fracción del valor que esta industria puede producir.
Para cambiar esa realidad se necesita una coordinación real entre municipios, empresas portuarias, operadores turísticos, comercio, autoridades de seguridad y el sector privado. Se requiere una recepción ordenada, espacios públicos limpios, seguridad, transporte confiable, información en distintos idiomas y experiencias atractivas que puedan contratarse antes de llegar. También es indispensable avanzar en infraestructura que entregue certezas a las navieras y permita planificar a largo plazo.
Esta oportunidad exige, además, una mirada empresarial. Los cruceros no deben ser tratados como visitantes ocasionales, sino como una industria que demanda servicios, proveedores, promoción internacional y una estrategia comercial permanente. La región tiene atributos para competir por ese mercado, pero los atributos por sí solos no venden destinos.
Valparaíso y San Antonio no necesitan disputarse cada barco. Necesitan construir juntos un destino capaz de recibir más cruceros y, sobre todo, aprovechar mejor cada visita. El verdadero éxito no será ver grandes naves frente a nuestras costas, sino comprobar que su llegada se traduce en prosperidad para quienes viven y trabajan aquí.