Desde que el gobierno socialista de Cuba aprobó la apertura de micro, pequeñas y medianas empresas (Mipymes) a fines de 2021, el otrora monopolio estatal de la venta de alimentos cede protagonismo ante la iniciativa privada.
Juan y Elisa* son una pareja de jubilados cubanos de más de 80 años. Sus pensiones no superan los 5.800 pesos mensuales en conjunto (US$11,6 según el cambio informal), mientras que una botella de aceite y una caja de 30 huevos valen alrededor de US$7.
Se levantan cada día; compran un pan en el mercado estatal, lo parten a la mitad y lo desayunan con té azucarado.
A veces cuidan niños y personas con discapacidad de sus vecinos, lo que les permite recibir una comida o algún dinero que les da para un poco de arroz, frijoles y huevos.
Por la noche terminan la otra mitad del pan y beben más té.
Así pasan una jornada "buena" en una rutina en la que solo se puede vivir al día.
El de Juan y Elisa es uno de los casos vulnerabilidad extrema que se dan en Cuba estudiados por la socióloga Mayra Paula Espina, de la Universidad de La Habana.
La licenciada observa cada vez más disparidades en un país con datos limitados sobre desigualdad y pobreza.
No lejos de la casa de los pensionistas, un supermercado privado oferta queso de cabra, yogur, embutidos, pescados y jamón español.
Es una minoría la que puede pagar sus precios, pero aún así el negocio prospera.
Desde que el gobierno socialista de Cuba aprobó la apertura de micro, pequeñas y medianas empresas (Mipymes) a fines de 2021, el otrora monopolio estatal de la venta de alimentos cede protagonismo ante la iniciativa privada.
Es un cambio de modelo que para muchos cubanos ha supuesto disponer de un abanico más amplio de productos alimenticios y de primera necesidad que antes se encontraban a cuentagotas.
Pero que también, según Espina y el investigador cubano-estadounidense de la Universidad de Miami, Michael Bustamante, ha terminado por destapar la desigualdad en una isla que en los años 80 había logrado una equidad asombrosa.
"Ya en los años dorados de la revolución había desigualdad, pero a fines de los 90 se empezó a notar más. Hoy los precios del sector privado son inasequibles para la mayoría de cubanos y se vive una desigualdad rampante que antes no se veía", le dice Bustamante a BBC Mundo.
Cuba vive su peor crisis energética y económica desde que en 1991 se derrumbó la Unión Soviética, su principal aliado político y comercial, y las finanzas de la isla colapsaron.
Hoy el país sufre los estragos de sus deficiencias productivas, la caída del turismo, el embargo económico estadounidense y las tensiones con el gobierno de Donald Trump, que amenaza con aranceles a cualquier país que envíe petróleo a la isla.
Venezuela fue durante décadas el mayor proveedor de combustible de Cuba, pero se apoyo quedó cortado con la captura de Nicolás Maduro en una operación militar estadounidense en Caracas a comienzos de enero.
Tras la debacle de los 90, Cuba nunca se recuperó del todo.
Hoy muchos cubanos recuerdan aquel "Periodo Especial" porque, como entonces, conviven con un racionamiento extremo, largos apagones, restricciones de transporte y dificultades para acceder a alimentos.
Sin embargo, la crisis actual no afecta a todos de la misma forma que antes.
Cuba alcanzó un envidiable nivel de igualdad en en los años 80, dos décadas después del triunfo de la revolución socialista de Fidel Castro.
"Grupos en desventaja ascendieron en un proceso de igualamiento que alcanzó un coeficiente Gini bajísimo, de un 0,24", describe Espina.
El índice Gini es cómo el Banco Mundial mide la inequidad, siendo 0 la igualdad perfecta y 1 la máxima desigualdad.
Por comparar, EE.UU. obtuvo un 0,40 en 1989. Uruguay, a menudo destacado como uno de los países menos desiguales de América Latina, ha oscilado entre 0,39 y 0,40 en los últimos cuatro años.
"Pero la crisis de los 90 interrumpió los avances en Cuba. Grupos rezagados que habían mejorado, como la población no blanca, mujeres y residentes del campo, fueron los primeros en verse afectados", analiza Espina.
La economía cubana se contrajo un tercio de su producto interior bruto (PIB) tras el colapso soviético.
Una de las medidas que implantó el gobierno cubano fue legalizar el uso del dólar.
"Circularon dólares estadounidenses y pesos cubanos. El país también se abrió más al turismo", cuenta Bustamante.
La igualdad se agrietó. "La gente que trabajaba en turismo o recibía remesas accedía a dólares o al desaparecido peso cubano convertible (CUC) vivía mucho mejor", añade el investigador.
Con la dolarización convivieron dos tipos de tiendas de distribución de alimentos: unas dolarizadas y más surtidas; y otras en moneda nacional, en muchos casos subsidiadas, con oferta limitada.
A comienzos de los 2000 el salario medio en Cuba en el sector estatal rondaba los 200 pesos cubanos, equivalentes a unos US$10 al cambio.
Quien no tenía familiares en el exterior o trabajaba en alguna industria vinculada al turismo o comercio extranjero debía buscar entradas adicionales, ya fuese vendiendo bienes o servicios o recurriendo al multiempleo informal.
Durante décadas, y hasta hoy, ha sido común que profesionales con títulos universitarios trabajen en sectores distintos al que correspondía a sus estudios para obtener ingresos suficientes.
Espina evita hablar de ganadores o perdedores del colapso de los 90, pero advierte que hubo quien ascendió aprovechando la gestión de la crisis y quien cayó estrepitosamente.
A pesar de ello, un factor continuaba maquillando las desigualdades que afloraban entre los cubanos.
"El Estado seguía siendo el gestor de la desigualdad. Las tiendas surtidas y dolarizadas, llamadas TRD, estaban en manos de militares. Pero ahora es el sector privado quien ocupa más ese espacio. No son la raíz, pero sí el chivo expiatorio del problema", explica Bustamante.
La liberalización de las empresas privadas fue una medida adoptada por el gobierno cubano tras los golpes de la pandemia y el desmantelamiento, por parte de Trump, del acercamiento económico entre Cuba y EE.UU. que se dio durante la segunda presidencia de Barack Obama (2013-2017).
Al cierre de 2024 había alrededor de 10.000 Mipymes privadas activas en Cuba, de acuerdo a cifras oficiales, con el 60% registradas en La Habana, la capital.
La mayoría se dedican a la agricultura, industrias manufactureras –excepto el azúcar–, hoteles y restaurantes; construcción, comercio y reparación de efectos personales.
"El sector privado ha demostrado una capacidad para importar bienes que el Estado no tenía y está siendo una enorme ayuda para muchos en estos momentos delicados", reflexiona Bustamante.
Meses antes de la liberalización de las Mipymes, Cuba reunificó sus monedas y dejó al peso cubano como moneda oficial.
Fue un error, según Bustamante. "Se devaluó el peso y el sector privado, necesitado de dólares para importar bienes, recurrió al mercado informal interno. Eso disparó el costo de las transacciones y los precios se volvieron inasequibles para la mayoría".
El académico sostiene que la economía de Cuba está segmentada.
Espina añade que la caída en el acceso a alimentos y medicamentos subvencionados no ayuda a mitigar la precarización y la desigualdad.
Según su trabajo de campo, estima que alrededor del 45% de la población cubana vive en situación de pobreza económica, mientras que en la otra punta se sitúa un 11%-13% que vive en condiciones por encima de la media.
"Son aproximaciones riesgosas porque no están hechas a partir de estadísticas oficiales, sino de datos como el precio de la canasta básica, los ingresos del sector privado, salarios, pensiones y experiencias personales", aclara la investigadora.
Brasil, a menudo señalado por el Banco Mundial como uno de los países más desiguales de América Latina, tiene un índice de pobreza del 23%.
Espina describe que la segmentación de la sociedad cubana se refleja en los diferentes tipos de supermercados.
"Hay unos 'bodegones' muy surtidos con productos nacionales orgánicos y de importación de mucha calidad y precios altos, donde solo compran frecuentemente los de capa media-alta: gente que trabaja en embajadas, extranjeros y cubanos que alcanzan ese nivel".
Más diseminadas por los barrios hay otras tiendas con oferta más limitada, menos calidad y precios más bajos, aunque igualmente costosos para la media.
"Los encuentras en municipios más humildes, en bajos de edificios, con apenas un mostrador. Ahí accede un grupo más variado de modestas remuneraciones", explica la profesora.
Por último, la población con ingresos muy bajos busca las ofertas de menor precio o recibe asistencia social del Estado o de alguna iglesia.
Otra alternativa para comprar bienes son algunos supermercados estatales dolarizados y mercados agropecuarios, con precios igualmente restrictivos.
También existen tiendas online donde familiares en el extranjero compran productos a sus parientes en Cuba que son distribuidos a los hogares en una especie de "Amazon cubano", describe Bustamante.
"El tema de los alimentos es un indicador grande de pobreza. En otros tiempos, la distribución subvencionada aseguraba un mínimo. Podías ser pobre, pero tenías para comer lo esencial. Hoy eso desapareció", asegura Espina.
"Todo aquel por debajo de ese 11% que calculo con mejores condiciones debe recurrir al multiempleo formal e informal y obviar la calidad y diversidad de lo que come. Otros, en extrema pobreza, mendigan o comen de basureros", añade.
En julio de 2025, la exministra cubana del Trabajo, Marta Elena Feitó Cabrera, dimitió después de unas polémicas declaraciones en las que cuestionó la mendicidad.
"Hay gente que se hace pasar por mendigo para ganar dinero fácil", había dicho ante la Asamblea Nacional.
El caso generó fuertes críticas en redes sociales y el presidente Miguel Díaz-Canel censuró públicamente los comentarios de Feitó por considerarlos "desconectados de las realidades que vivimos".
"No se defiende a la Revolución cuando ocultamos los problemas que tenemos", declaró el mandatario, quien reconoció la existencia de mendigos en la isla.
El PIB cubano ha caído un 11% en los últimos años.
"Desde la pandemia Cuba vive entrampada, desgastada, sin poderse recuperar", dice Espina.
Eso se ha notado en la migración, con más de un millón de cubanos abandonando la isla entre 2021 y 2023. Es el mayor éxodo en la historia del país.
Medidas aperturistas como la liberalización del sector privado no encauzan el rumbo aunque supongan una vía de escape para muchos.
Ahora, con la escasez crítica de combustible, Espina teme que ese 11%-13% que vive en buenas condiciones disminuya porque, por ejemplo, en ese grupo hay muchos que dependen del transporte para subsistir.
En un discurso a comienzos de febrero, Díaz-Canel aseguró que estaba dispuesto a "un diálogo con EE.UU. sobre cualquier tema", aunque "sin presiones".
Trump ha repetido que hay conversaciones en marcha entre ambos ejecutivos, algo negado por su homólogo cubano.
El fondo que puede tocar Cuba parece pender de una relación, la de Washington y La Habana, que en más de 60 años ha dado pocos síntomas de normalizarse.
*Juan y Elisa son nombres ficticios para respetar la confidencialidad de las investigaciones de la socióloga Mayra Paula Espina.
(Imagen: Yamil Lage / AFP via Getty Images)
PURANOTICIA // BBC MUNDO