Si bien en gustos no hay nada escrito, para muchos en el mundo político el programa de YouTube Sin Filtros no es otra cosa que una especie de cloaca televisiva, un espectáculo de farándula política y un verdadero ring de violencia verbal.
Por eso, cuando decimos que nadie ganó en la interpelación “sin filtros”, nos referimos a aquello. Fue tan bajo el nivel mostrado en el Congreso Nacional por el canciller Francisco Pérez Mackenna y por el diputado socialista Nelson Venegas, que podemos decir que lo vivido en la Cámara de Diputadas y Diputados fue un escenario donde el debate técnico de fondo fue completamente sepultado por un espectáculo de cuñas efectistas y la validación cruzada de dos trincheras ideológicas que gritaban en las graderías como en un coliseo romano. En otras palabras, un Sin Filtros, pero no con panelistas de la "Primera B" de la política, sino con los llamados titulares de la escena nacional.
Este patético sistema de discusión ocurre cuando ninguna de las partes logra convencer a un público neutral ni tampoco solucionar el problema de fondo. Ambas partes se declaran “ganadoras” ante sus propias "barras bravas", utilizando la agresividad del otro para justificar la propia. ¿Qué mejor ejemplo de aquello que la absurda pregunta que le hizo Venegas al canciller diciéndole: «¿Por qué no renuncia?»? En buen chileno, le dejó boteando la respuesta a Pérez Mackenna, quien fue ovacionado por las hienas del Congreso cuando contestó: «...porque usted no es el Presidente».
¿Es ese el debate de altura que nos merecemos en Chile? Venegas en todo momento buscó la descalificación y cuestionó las competencias del ministro en materias geopolíticas. Por otro lado, el canciller nunca contestó directamente: esquivó en todo momento el debate de fondo, dejó más dudas aún sobre el famoso acuerdo del Escudo de las Américas, nada dijo de aranceles y menos de la relación con Argentina. Su mejor frase fue, justamente, responderle desde la barra brava a un descompuesto interpelador.
Los partidarios del Gobierno celebraron la respuesta del canciller como una "parada de carro hermosa" o un triunfo que "dejó callada a la izquierda". Los partidarios de la oposición acusaron que el ministro evadió preguntas clave con "soberbia", comportándose como si estuviera en un reality. En resumen: nadie cambió de opinión. El debate no arrojó luces sobre si la conducción de la Cancillería es la adecuada o no; solo sirvió para alimentar los algoritmos de la polarización, donde el único fin es "destruir" discursivamente al adversario.
Una interpelación al estilo Sin Filtros: una verdadera cloaca que nada aporta y que hoy nos deja más claro que nunca cuál es la clase política que tenemos. Estamos viviendo, quizás, la época más polarizada desde el regreso a la democracia en los años 90. Y no sabemos si eso nos ayudará a mejorar nuestra calidad de vida; vemos que a nuestros políticos les interesan más los gritos y los vítores que el sentido común y la buena conversación. ¿Quién pierde? Los que no pertenecen a ninguna de las dos barras bravas, es decir, el chileno común y silvestre.