El último desplazamiento del presidente de China a la capital norcoreana se remonta a 2019 y se produce pocas semanas después de que Xi recibiera en Pekín al presidente estadounidense, Donald Trump, y al presidente ruso, Vladimir Putin.
El presidente chino, Xi Jinping, llegó este lunes a Corea del Norte para reunirse con Kim Jong-un, en una visita histórica que marca su primer viaje al país en casi siete años.
Xi permanecerá en Pyongyang hasta este martes, tras una invitación del líder norcoreano. Su último desplazamiento a la capital norcoreana se remonta a 2019.
El encuentro se produce pocas semanas después de que Xi recibiera en Pekín al presidente estadounidense, Donald Trump, y al presidente ruso, Vladimir Putin, dos actores con una influencia clave en la política exterior de Corea del Norte.
China es el principal socio económico y político de Corea del Norte, un país sometido a severas sanciones internacionales por su programa nuclear y por denuncias de violaciones de derechos humanos.
Ambos países comparten una frontera de 1.400 kilómetros y están unidos por un tratado de defensa mutua, el único de este tipo que Pekín mantiene con otro Estado. El pacto contempla apoyo recíproco en caso de ataque.
Este año se conmemoran 65 años de ese tratado.
Para Kim Jong-un, la visita tiene un evidente valor propagandístico. En los últimos años, Corea del Norte ha buscado reforzar su posición internacional tras resistir la pandemia y alinearse con Rusia en el contexto de la guerra en Ucrania.
Sin embargo, pese a los estrechos lazos que mantiene con Pyongyang y Moscú, Xi observa con cautela la creciente aproximación entre Kim Jong-un y Vladimir Putin.
Pero, ¿cuál es el origen de esta relación histórica que ha oscilado entre la cercanía y la desconfianza?
Para el líder chino Xi Jinping, Corea del Norte es un vecino que China no puede ni controlar ni perder.
Pekín y Pyongyang suelen describir su relación como una amistad "forjada en sangre", una referencia a la Guerra de Corea, hace más de siete décadas, cuando China intervino en apoyo del Norte.
Sin embargo, en los últimos años la desconfianza ha ido deteriorando esos lazos.
Ahora, Pekín busca reafirmar su influencia sobre un socio que considera estratégicamente indispensable, aunque también profundamente impredecible.
China necesita estabilidad en su frontera suroriental y desea mantener capacidad de influencia sobre Corea del Norte, pero sin verse arrastrada a las crisis provocadas por las ambiciones nucleares del régimen de Kim Jong-un.
Por eso, es probable que la visita de Xi a Pyongyang esta semana tenga menos que ver con la amistad histórica entre ambos países y más con la necesidad de reafirmar su influencia.
Corea del Sur considera que el mandatario chino podría intentar posicionar a Pekín como mediador entre Corea del Norte y EE.UU.
Pero China podría tener otros objetivos en mente.
Fuentes diplomáticas occidentales consultadas por la BBC señalan que Pekín observa con creciente preocupación el fortalecimiento de los vínculos entre Pyongyang y Moscú.
Tras la reunión que Xi mantuvo la semana pasada con el presidente ruso, Vladimir Putin, el líder chino podría estar buscando asegurarse de que aún conserva capacidad para influir sobre Kim Jong-un, especialmente en un momento en que China busca ampliar su protagonismo en la escena internacional.
El enfriamiento de las relaciones entre Pekín y Pyongyang ha sido evidente, aunque se ha manifestado de forma sutil.
En octubre de 2024, ambos países conmemoraron el aniversario 75 del establecimiento de relaciones diplomáticas sin grandes gestos ni celebraciones destacadas. La comunicación pública fue escasa y discreta.
Un mes antes, el embajador chino tampoco asistió a las celebraciones por el aniversario de la fundación de Corea del Norte.
Además, durante todo el año no se produjeron intercambios de alto nivel, un marcado contraste con el acercamiento cada vez más evidente entre Pyongyang y Moscú.
Y es precisamente esa creciente cercanía con Rusia la que ha generado inquietud en Pekín.
Desde la invasión rusa de Ucrania, Corea del Norte ha profundizado su cooperación militar con el presidente ruso, Vladimir Putin.
Esa relación alcanzó un nuevo nivel con la firma de un pacto de defensa mutua durante la visita de Putin a Pyongyang en 2024.
Según una investigación de la BBC, unos 2.300 soldados norcoreanos han muerto combatiendo junto a las fuerzas rusas en Ucrania.
Pyongyang también ha sido acusado de suministrar munición para la guerra a cambio de petróleo y asistencia económica, una dinámica que ha encendido las alarmas en Washington y entre sus aliados, y que China observa con creciente preocupación.
"China quiere asegurarse de que sus intereses en Corea del Norte sigan protegidos en un momento de rápida convergencia entre Moscú y Pyongyang", señala Ankit Panda, experto en política nuclear de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional.
China solo mantiene un tratado formal de defensa con este país, por eso, resulta difícil imaginar que Pekín vea con buenos ojos un escenario en el que Rusia se convierta en la principal influencia sobre Pyongyang.
Un Kim Jong-un más seguro de sí mismo y menos dependiente de China implicaría, inevitablemente, una reducción de la capacidad de influencia de Pekín.
Ante esta situación, China ha intentado recomponer la relación.
A finales del año pasado, Xi Jinping invitó a Kim a un desfile militar en Pekín y le reservó un lugar destacado junto al presidente ruso, Vladimir Putin.
Fue la primera cumbre formal entre estos líderes en seis años.
Xi describió a China y Corea del Norte como "buenos vecinos, buenos amigos y buenos camaradas unidos por un destino compartido", y abogó por una coordinación estratégica más estrecha.
Sin embargo, en las declaraciones públicas llamó la atención la ausencia de cualquier referencia al arsenal nuclear norcoreano.
Según Lee Seong-hyon, investigador visitante del Centro Asiático de la Universidad de Harvard, Pekín tiene "sentimientos encontrados" respecto al fortalecimiento de los vínculos entre Pyongyang y Moscú.
Por un lado, esta alianza le conviene a China porque obliga a Washington a repartir su atención y complica su estrategia en varios frentes.
Pero, al mismo tiempo, un acercamiento militar aún mayor entre Rusia y Corea del Norte podría impulsar una cooperación más estrecha entre Estados Unidos, Japón y Corea del Sur, una posibilidad que Pekín observa con preocupación.
Esa misma lógica explica la posición ambivalente de Pekín respecto al programa nuclear norcoreano.
China no respalda el desarrollo de armas nucleares por parte de Pyongyang, ya que considera que ello refuerza la presencia militar de EE.UU. en la región y estrecha la cooperación entre Washington y sus aliados.
Sin embargo, tampoco está dispuesta a presionar abiertamente al régimen norcoreano.
En 2022, China y Rusia vetaron una resolución impulsada por EE.UU. en el Consejo de Seguridad de la ONU que buscaba imponer nuevas sanciones en respuesta a las pruebas de misiles de Corea del Norte.
"Si China adoptara una postura dura contra el programa nuclear norcoreano, solo conseguiría empujar aún más a Corea del Norte hacia los brazos de Putin", sostiene Victor Cha, presidente del área de Política Exterior del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales.
Por su parte, Kim tampoco puede darse el lujo de poner en riesgo la relación con su principal sostén económico.
Las exportaciones chinas a Corea del Norte alcanzaron los US$2.300 millones el año pasado, su nivel más alto en seis años.
Además, a comienzos de este año se reanudó el servicio ferroviario de pasajeros entre Pekín y Pyongyang, suspendido desde la pandemia.
Según los analistas, estos gestos forman parte de una estrategia calculada de China para atraer nuevamente a Corea del Norte hacia su esfera de influencia.
Para Kim, mantener el equilibrio también es una cuestión de pragmatismo.
Si la guerra en Ucrania llega a su fin, la necesidad de Moscú de contar con el apoyo norcoreano podría disminuir.
Y mientras Vladimir Putin sigue relativamente aislado en la escena internacional, Xi Jinping continúa recibiendo a líderes de todo el mundo en Pekín.
En ese contexto, el líder norcoreano tiene motivos para evitar una dependencia excesiva de un socio cuyo peso e influencia podrían debilitarse con el tiempo.
Pero la relación entre ambos líderes siempre ha estado marcada por las tensiones.
Al asumir el poder, Kim Jong-un dejó claro que sus prioridades diferían de las de su padre.
Mientras Kim Jong-il cultivó una estrecha relación con China y visitó el país en numerosas ocasiones, su hijo apostó por acelerar el desarrollo nuclear y armamentístico de Corea del Norte.
Durante sus primeros seis años en el poder, supervisó alrededor de 90 pruebas de misiles balísticos y cuatro ensayos nucleares, más que los realizados por su padre y su abuelo juntos.
La escalada comenzó a preocupar a las autoridades chinas.
La ejecución en 2013 de Jang Song Thaek, tío de Kim y considerado por China una figura moderada dentro del régimen, no hizo más que agravar el distanciamiento.
Xi respondió con una inusual muestra de descontento diplomático. En 2014 visitó Corea del Sur antes de reunirse con el líder norcoreano, un gesto interpretado ampliamente como un desaire a Pyongyang.
La respuesta no tardó en llegar. Corea del Norte llegó a acusar a China de ser una nación "traidora" y "enemiga".
El punto de inflexión llegó en 2018. Cuando las sanciones internacionales empezaron a golpear la economía norcoreana, Kim Jong-un emprendió su primer viaje público al extranjero desde que llegó al poder. A bordo de su característico tren blindado, se dirigió a Pekín para reunirse con Xi.
Ese encuentro marcó el inicio de un acercamiento cauteloso.
En los meses siguientes, Kim Jong-un se reunió con líderes de EE.UU. y Corea del Sur, pero solo después de consultar previamente con China.
El mensaje era inequívoco: Pyongyang estaba dispuesto a negociar, pero no a hacerlo sin contar con el respaldo de Pekín.
Hoy, Corea del Norte sigue siendo para China tanto un activo estratégico como una fuente constante de problemas.
Actúa como un amortiguador frente a la presencia militar estadounidense en la región, pero sus pruebas de armas y sus provocaciones periódicas alimentan la inestabilidad que Pekín dice querer evitar.
Mientras tanto, Kim Jong-un busca mantener la protección de China sin quedar sometido a su influencia.
La desconfianza mutua persiste. Sin embargo, por ahora, ambas partes siguen convencidas de que se necesitan más de lo que les gustaría admitir. Y eso, al menos de momento, basta para mantener viva la relación.
(Imagen: CCTV)
PURANOTICIA // BBC MUNDO